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Corre


No importa a donde vayas, solo corre. Corre. Corre. Ahora mismo. No esperes la señal de salida. Pon los pies en movimiento. Acelera. Rush. Rush. Corre por miedo. Corre por angustia. Corre para llegar a la meta. ¡A esta meta no! A la siguiente. A la siguiente. ¿Acaso no ves que aún te falta? Sigue. Aquí nadie se cansa. Mira a los demás, ellos no se detienen. Ellos no jadean como tú. ¡Aprende! Ellos mantienen el ritmo. ¿Dijiste que necesitabas parar? Eso era justo lo que pensaba. No eres capaz. Eres de los defectuosos. ¿Que no sabes por qué corremos? Esa son preguntas tontas. Preguntas pesadas. Preguntas para principiantes. ¿Acaso ves que ellos se las hacen?  ¿No? Ellos sí siguen corriendo sin parar a diferencia tuya. ¿Que quieres saber cuánto te falta? Te falta poco. ¿Que eso mismo te dije hace unos metros? Pues esta vez créeme. ¿Que ya no me crees? Otra vez dudando. ¡Mira! El reloj vuela. No hay tiempo. Tienes que correr. Ponte en forma otra vez. Ve por el carril. ¿Que si fueras por otro carril correrías más rápido? Imposible. Todos, absolutamente todos van por el mismo carril. ¿Que quieres hacer las cosas de otro modo? Te ha ganado la locura. Los que intentan irse por otro carril tienen el fracaso asegurado. ¿Que a algunos les va bien? Esos son cuentos de fantasías. Engaños para bobos. Hazme caso, este es el camino más seguro. Aquí no habrá equívocos. Aquí encontrarás lo que quieres. ¿Que ya no sabes qué quieres? Pero sí todos queremos lo mismo. ¿Que tú no? ¿Pero qué locuras dices? ¿Cómo que no quieres esto? Todo el mundo lo quiere. Por eso estás aquí, porque tú eres parte del mundo. Corre. Vamos corre. Ahora, más rápido. ¿Te caíste? ¿Ahora quieres que te ayude a levantar? Lo siento. Tampoco puedo parar. Voy con los demás. ¿Dónde estás? Ya no te veo. Vamos, corre. Corre como yo. ¡Qué débil fuiste! Toda una vergüenza. Ahora quedarás atrás para siempre. Nunca llegarás a donde todos vamos. Por eso corremos. ¡Por eso mira cómo corro más fuerte y rápido! ¡Vamos! ¡Vamos! Ya puedo ver la meta. ¿Cómo que esta tampoco es? ¿Me toca seguir corriendo? Algún día tendré que llegar. ¿Pero y sí?... ¿Y sí? Ahora tengo miedo. Ahora corro por miedo. El miedo no me deja parar. No puedo parar como tú lo hiciste porque me quedaría atrás. Pero, necesito pensar. Necesito respirar. Un momento. Wait. ¿Y si tienes razón? ¿Y si no hay meta? ¿Y si todos vamos a ninguna parte?

©Jhoandry Suárez
Foto: Afiq Fatah.

Los finales que coleccionamos

 


¿Cómo habría sido la vida si a nadie se le hubiese ocurrido ponerle punto final a cada año? ¿Resolver que al calendario se le acabaran los días un 31 de diciembre o cuando fuera? Pese a toda explicación referente al Sol y su danza en torno a la Tierra, ¿se hubiese podido conciliar una vida actual así, sin un año que acaba?

Me resulta difícil convencerme de tal idea. Sobre todo porque si algo necesitamos son los finales. En todas sus presentaciones, requerimos de ellos. Que acabe la semana, el mes, el año, el capítulo, el libro, las temporadas, ciertas relaciones, nosotros. Así es como logramos darle sentido a algo: desde el final. Solo así aguardamos una esperanza, nos planteamos una meta, miramos al horizonte por donde se pondrá el ocaso y morirá la tarde.

Aunque nos cueste pensar en los finales, por lo doloroso que resulten o lo ignominioso que figuren, a la luz de algo que se acaba, es que podemos contarnos lo que sucedió porque ya cerrado el ciclo, lo miramos, ponderamos, lo significamos y resignificamos.

Este 2023 marcó para mí el fin de muchas ideas en las cuales dejé de creer y perseguir, pero para varios de mis amigos y allegados, les dejó la culminación de relaciones largas o sempiternas. De esas que uno piensa como inamovibles.

Es difícil decir que un final es bueno o malo, y mucho más si es uno ajeno, porque los finales por sí solo no se comprenden, sino en relación con lo finado y lo que les rodea. Constituyen un punto en un espacio que adopta diferente proporción desde donde se le mire.

Esto me lleva a pensar en una película reciente de Julia Roberts, Dejar al mundo de atrás. Cuando Laura, mi pareja, me preguntó por mi impresión, no supe cómo definirle el final. Sabía que no era el que esperaba, pero no por ello, lo podía calificar de malo, aunque me costaba llegar a decir que era bueno. Era un final concluso e inconcluso a su vez que solo dejaba interrogantes. Lo mismo que tantos finales.

Algo similar pasa con un 31 de diciembre para nosotros los del calendario gregoriano. Llega inexorablemente, aunque evitemos pensar en él. Y cuando estamos en plena celebración, podemos tomarlo como referencia para darle sentido a lo que sucedió en los meses y días previos, o cargarnos de sus preguntas, muchas veces necesarias, para abrir el nuevo año.

A pesar de ello, hay una sensación que viene con el fin de año, para bien o para mal, y es que nos da bríos para nuevos comienzos. Nos envalentona al máximo para emprender lo que nunca pudimos durante el año que acaba.

Quizás todo el meollo de los finales se resuma en que sin ellos no hay posibilidad de inicios.

©Jhoandry Suárez

Foto: Patrick Perkins.


Mirar(nos)

 


Es difícil encontrar una mirada plana. Podrá ser asíntota, pero jamás quedarse en la nada de no expresar nada. Las miradas pareciera que ya cargaran consigo mismas algún significado, o al menos así las interpretamos, por eso, en la mirada del otro, uno puede encontrar aceptación, desprecio, amor, cariño, vaciedad, dolor, dureza, divagación, sorpresa, decisión, decepción, esperanza, furia, invitación, malicia, seducción, deseo. En ella, habla el alma antes de caer presa de la palabra. Se escapa. Por eso se le llama ventana a la mirada y no puerta.

Para abrir puertas se necesitan llaves, situación recurrente con las palabras: las nuestras ya pertenecen a otros y vienen con un empaque marcado por lo correcto y lo incorrecto. Las miradas muchas veces nacen de la expresión espontánea, sin pestillo, brotan para decir. Y así, aunque alguien asegure decir la verdad pero su mirada sea esquiva, lo segundo advertirá la mentira.

La mirada resulta entonces un peligro porque nunca se sabe la interpretación elaborada por el otro. Podremos estar seguros de qué gesto pusimos, pero jamás de cómo fue acogido. Diferente a explicar las palabras, en ellas podemos apelar a su significado concreto, a su denotación, su entonación para aclarar mejor su acepción. Para las miradas, por el contrario, no existe diccionario alguno. Aprendemos de ellas con la interpretación diaria. Su contenido viene dado por las miradas recibidas de niño; cuando aprendimos a darle un significado después de las acciones.

Así, si un padre mira con exigencia a sus hijos; estos solo alcanzarán a entender esa mirada cuando el padre la verbalice y diga: “esto no lo hiciste como se debía”, “pudiste hacerlo mejor”, “tu hermano siempre lo hace bien, ¿por qué tú no?”. A partir de allí, asumirán al ver aquellos ojos, con aquel rictus, fruncidos, “ah, es una mirada exigente”.

Un sentido dado por una lectura hacia atrás.

También con las miradas se puede tener lectura exclusiva, tal como ocurre principalmente con quienes se aman, no necesariamente siendo parejas. Entre ellos el lenguaje no se limita a la palabra, también lo habitan las miradas, los gestos y silencios particulares. Lo que constituye así un universo abierto para los dos extremos dentro de él y totalmente indescifrable para los de afuera. No en vano, una mirada pícara o distante cobrará su sentido pleno solo para el partenaire de esa relación, quien es el portador absoluto del significado.

Aunque la mirada sea capaz de decir-mucho-y-poco-a-veces-sin-quererlo, también se erige como algo insaciable, siempre con ganas de ver más y este mundo dominado por la imagen lo sabe. Por eso se concentra en ofrecer una imagen de la realidad de forma descubierta, sin reparos, capaz de mostrar todo, digerible en poco tiempo; una imagen con el poder de ganar nuestra atención a como dé lugar.

Esto podría devenir en una degradación de nuestra facultad de mirar (no de ver, sino de mirar con concentración). Porque comenzamos a posar nuestros ojos sin interés en el entorno, listos para descartar cualquier cosa por la imagen virtual, sin paciencia ni mirada de atención para el otro.

Este mundo del homo videns, como lo llama Sartori, nos está cegando.

Porque mirar todo, no significa tener una mirada más aguda. Al contrario, una más dispersa. Y para esto solo se puede aplicar un principio, el mismo usado por el erotismo desde siempre: impedir descubrirnos una parte de lo que miramos para tener la necesidad de buscar más. Un movilizador, en lugar de un apaciguador.

Este es el verdadero riesgo con este mundo: generar miradas planas, sin expresión. Perdidas. Atontadas. Dominadas por estímulos gratificantes. Miradas que pierden su riqueza expresiva y que ya no van a saber cómo mirar ni interpretar fuera de las pantallas.

©Jhoandry Suárez





Entrampados

 


Comer no quita la sed, al contrario, la aumenta. Por eso, hoy permanecemos sedientos mientras perseguimos el “fast food” emocional que nos arroja este mundo hiperacelerado, donde todo es consumible y pasajero. Donde todo viene empacado para masticar y reemplazar al tronar de un chasquido. Condenado a lo caduco. Un mundo que se volvió totalmente descreído de lo que permanece.

¿Cuál es nuestra sed entonces? Es y ha sido siempre la misma. No nos conformamos con ser efímeros. De alguna manera nos ha movido trascender, y no es un asunto que se limite a la fama, no. Solo basta mirar que por eso inventamos, hacemos arte, fotografiamos, escribimos, con la intención de dejar alguna huella nuestra en algo que sobreviva al paso del tiempo. Sin embargo, en un viraje de la historia quisimos reivindicar lo efímero como una forma de libertad y hemos terminados con un nudo en la garganta. Preguntándonos, “¿Eso somos? ¿Nada?”

Cargamos con el único mandamiento que ha sustituido a todo los demás: “carpe diem” (vive el momento). Aquí se asienta el usa y mañana desecha. Total, todo se termina, ¿o no? Por eso, disfruta de tu ratico en esta vida; es decir, de nuevo, “usa y mañana desecha”.

Es así como nos vamos sintiendo cada vez más atiborrados y dopados por esta obsolescencia de las cosas, por las modas efervescentes que lanzan sobre nuestras cabezas sus bombas, por las noticias que cambian a cada segundo, por esta marisma de olvido en la que se sume cada instante.

Quizás este sea el resultado de una generación que se peleó con su antecesora, representada en nuestros padres, apegados a un compromiso con el futuro, siempre en búsqueda de aquello a largo plazo (muestra de ello es cómo mantuvieron el mismo trabajo durante más de 30, 40 o 50 años). Las condiciones materiales evidentemente eran otras, pero lo que predominó sobre todo fue: construir y dejar legado.

Tuvieron una forma muy diferente de ver el tiempo, atado siempre al mañana, y quizás eso los llevó a conservar tantas cosas (o acaso, ¿quién no vio cómo guardaban cajones con baratijas, cartas antiguas, vajillas clásicas o un sinfín de fotografías?). Lo que iban guardando era su historia para la posteridad, no meras cosas. Era su permanencia en esos objetos de los cuales difícilmente se desprendían (o desprenden).

Nosotros, al contrario, aparecimos para quemar las naves.  

Conservamos poco, desechamos mucho. Las cosas son cosas en sí mismas, en ellas no depositamos alguna expresión nuestra. Son la basura para dentro de unas semanas.

Nos hemos empeñados en olvidar ese pasado, ese estilo de vida de ellos, porque es anticuado y pesado (retomo lo que dije anteriormente, pretendimos reivindicar lo efímero como una forma de liberarnos de la responsabilidad de encontrar “un propósito”, lo cual plantea una visión a largo plazo).

Enemistados con esa generación, nos entregamos a un vivir ya, sin pensar más allá. Un pensamiento que nos empuja a correr porque “la vida es un ratico” y no se puede desperdiciar.

Ahora estamos cansados de todo esto.

Cansados de que cada cosa que compramos hoy, mañana sea inútil, de que siempre haya que correr tras algo nuevo, de que no se nos permita parar porque detenernos es igual a dejar de disfrutar/exhibir experiencias (“experiencias”, el leitmotiv con el que nos engañan). Comprar, viajar, haz esto, ahora aquello, sube de posición social, escala en tu trabajo, mira esta nueva serie, ahora esta película, ¿no viste lo que pasó? Te quedas atrás. Consume. Consume. Consume. ¡Basta!

El “just do it” se nos fue de las manos.

Todo este mundo de lo efímero exige hiperactividad e hipervelocidad, lo que a su vez, nos lleva a despreciar las actividades de reposo como el aburrimiento o el sencillo acto de “gastar” una hora frente a un atardecer. “¡Qué desperdicio!”, nos gritarían.

En el fondo, sabemos que está mal.

Queremos parar.

Pensarnos.

Repasarnos.

Queremos sentir que el hoy es una pieza de un todo. De algo que perdura. No de algo que se extingue para la nada. Sino que asienta la base para algo más en nuestras vidas. Estamos sedientos de volver a la idea de lo perdurable, quizás no a la misma que tuvieron nuestros padres con sus trabajos de décadas o sus relaciones inamovibles (aunque se va haciendo evidente el malestar con las actuales relaciones líquidas: sin compromisos, débiles y que se rompen con fragilidad, parafraseando a Bauman).

El calentamiento global del que hoy se habla con un signo de alarma en la boca ha puesto también de relieve que tenemos que superar la trampa que nos pusimos al santificar el carpe diem. Todo lo que hoy demandamos a este planeta resulta insostenible.

Me atrevo a pensar que, así como nos peleamos con una generación largoplacista como la de nuestros padres, la que nos sigue, nos reclamará por nuestra visión cortoplacista. Nos recriminará el hecho de haber pensado que la vida eran solo las 24 horas y no los cinco, diez, veinte o cincuenta años que nos preceden.

Esto no se trata en reducir la conversación a lo que le vamos a dejar a ellos, se trata de lo que nos estamos dejando a nosotros, para lo cual están los reportes climáticos y las estadísticas de enfermedades mentales.

Esta sed de permanencia, de lo eterno o de lo que transciende, está atorada en nosotros y no deja de preguntar: ¿qué huella queremos dejar?

©Jhoandry Suárez


El placer de ser extraños

 


La mirada fuera de nosotros es un bumerán que siempre regresa. Frente al espejo, a la palabra, al Otro o al Universo, siempre se nos devuelve algún mensaje. Hoy las imágenes del satélite James Webb, tomadas del espacio exterior profundo, más que unas fotografías que revelan una belleza cósmica, es ese búmeran que nos regresa una pregunta que no cesa: ¿quiénes somos?

¿Por qué seguimos sin encontrar nada más parecido a nosotros? ¿Por qué habiendo tantas galaxias, nebulosas y estrellas en interacción somos hasta ahora los únicos capaces de observarlas? ¿Cómo nació todo? Estas son parte de las interrogantes que se deprenden de la primera y que viven orbitándonos, pero cuyas respuestas parecieran tan lejanas como aquella Nebulosa de Carina.

Miramos arriba esperando un mensaje que responda a lo que somos para ya no vernos tan extraños en el vecindario. Oráculos. Extender las manos al cielo. Telescopios. Esperamos que de vuelta venga ese sentido de lo que nos rodea, pero principalmente, queremos saber el sentido de nosotros mismos frente a todo. Como si del cielo viniera esa tarjeta de identificación que nos da el nombre y las coordenadas precisas de lo que hacemos aquí, aunque el Universo no hace más que mirarnos indiferente, expandiéndose a su ritmo y dejándonos con esta intriga de extranjeros.

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El autoconomiento, ¿por qué no viene por defecto?

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Esto me hizo recordar a Julián, me lo imagino ahí sentado en la esquina de su cama, mirando de soslayo a su mujer quien mantiene una mirada ausente. Ninguno de los dos se reconoce en aquella noche tan larga como un suspiro hondo. Luego de cinco años de matrimonio todos los códigos comunes empezaron a rechinar. Antes decían “a” y era clave compartida, ahora decir “a” era desatar un terreno de guerra en el que cada uno lanzaría su interpretación. “Si antes la entendía, ¿por qué ahora no”, se acusa Julián. Quiere voltear para decirle que arreglen, pero intuye que será inútil. Las palabras ya no alcanzan. Ha ocurrido el panguea del que no se regresa en una relación. Ambos son islotes que no conservan nada en común más que el tiempo compartido. Sin importar los años, las experiencias, el Otro jamás deja de ser Otro. Julián lo entendió esa noche cuando miró a su mujer, en pos de solucionar el reciente problema, pero ella, ya le había preparado la respuesta treinta noches atrás: “Julián, el amor no sobrevive entre extraños”.

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“People are strange when you're a stranger”, Murakami.

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Nosotros somos nuestros grandes extraños. Siempre buscando razones para entender por qué hacemos lo que hacemos y tratando de hacernos un boceto lo suficientemente real de quienes somos, sin jamás obtener la pintura terminada. Un absurdo por dónde se le mire, ¿cómo es que no sabemos al menos nuestra propia verdad? Quizás y sea allí donde precisamente reside el placer de ser extraños, tener territorio que explorar, ya sea dentro o en relación con los demás, de lo contrario, solo tendríamos por delante un manual con todo dado, sin nada por descubrir ni inventar; siendo conocidos que se aburren de sí mismos.

©Jhoandry Suárez

Las migas que nos dejamos




Donde sea voy escribiendo anotaciones, frases mías e ideas, ya sea en mi agenda, en una app de notas que cargo en el celular y hasta en mi chat personal de Telegram, en lo primero que tenga a la mano, el gran problema es no las vuelvo a leer. Ni siquiera las organizo y mucho menos me he planteado publicarlas, en parte por una reserva personal que me frena a hacerlo y cuyas razones no exploraré aquí.

Lo cierto es que, pasado un tiempo, deliberadamente o como accidente, me topo con esas notas que he guardado. Entonces, ocurre una extraña sensación que nunca me he sabido explicar: me consigo con un desconocido. Esas palabras hablan de alguien del pasado que me interpela, pero que no soy yo y a la vez sí. Me recuerdan pensamientos, momentos, escenas, con una precisión que me estremece y asusta.

Son migas que me he dejado.

Migas de una ruta que vuelve a mí para hablarme del camino que he recorrido y que no se ve cuando estás metido en esta enorme máquina imparable llamada cotidianidad. No se ve porque para poderle echar un vistazo hay que orillarse y orillarse implica un grave riesgo: pensar(se). Cuando esas notas me sacan del día a día, con la violencia imprevista de una cachetada, me ponen en las manos pedazos que he dejado cargados de historia.

Me asombro. Me enseño. Me crítico. Me aúpo. Me odio. Me admiro. Me vuelvo yo contra/para mí. Y de pronto, quisiera tomar un cordel y amarrar a mi cuerpo ese fragmento, recuperarlo como algo que vuelve a mí y que no daba por perdido, aunque sí lo estaba.

Allí es cuando comprendo aquello que escribí en una de esas páginas que arrojé a un olvido voluntario: “si en la vida tenemos algún camino, este camino debe ser circular, un camino que siempre vuelva a nosotros mismos”.

Con mis anotaciones voy dejándome un cartograma para señalarme cómo volver a quien soy. Es a su vez, toda una paradoja, el pasado que hace futuro; el recuerdo transformándose en porvenir cuando adquiere vivacidad en la memoria.

Esto me ocurre con la escritura, pero a los demás puede que con un cajón de fotografías en el closet, con videos almacenados en el celular, con las canciones que esperan en un playlist, con un dibujo, y por qué no, con un lugar. Todos, creo, necesitamos de esas pequeñas e íntimas cosas en la que nos vamos vaciando a pedazos, a ratos, a miradas.

Por muy lejos o perdidos que estemos, sabemos que las migas que estuvimos dejando en cada experiencia, sin saberlo, son nuestra vía de regreso al puro estilo Hansel y Grettel.

©Jhoandry Suárez

El rayo




Durante estos días, una frase de Sartre me ha dejado dándole vueltas. "Para mí no existen lunes ni domingos: solo hay días que pasan en desorden y luego observamos un rayo repentino como este", ha dicho el filósofo francés y me pregunto, ¿por qué la violenta referencia del rayo? 

Inevitablemente vino a mi mente aquel pasaje de la Rayuela de Cortázar, que habla precisamente de cómo un rayo llamado amor te puede dejar tirado en el suelo, preguntándote qué ha sucedido.

"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”, escribió el argentino.

E insisto, ¿por qué el rayo? El rayo es un acontecimiento físico, la interacción entre dos fuerzas. Es decir, aunque veamos que el rayo se produce de la nada, si hay algo detrás, algo imperceptible. El movimiento de cargas eléctricas. Solo ocurre el rayo cuando existe esa interacción. 

¿Y si a eso se refería Sartre y Cortázar: al interactuar? Al tratar de hallar ese rayo, pero no desde la búsqueda afanosa, sino del simple hecho de tomar acciones, decisiones, que vayan configurando el escenario para que se dé. Y así, sin advertirlo, ¡zas! Cae sobre ti. En tus días. En tu manera de pensar. En tu manera de sentir. El rayo no es solo el impacto. Es la fuerza. Es el esplendor. Es la huella.

Recuerdo aquel ejemplo que escuché cuando aprendía sobre Heidegger y su dasein, “ser ahí”. Él sostenía que solo el hombre era capaz de relacionar las cosas y para graficarlo, había un ejemplo: si un rayo cae encima de una cabaña en un mundo donde no existen seres humanos, no significaría nada. Si sucede, cuando otros hombres lo ven, es muy probable que lo cataloguen de catástrofe. El hombre le busca relación y sentido a ese hecho.

Entonces, ¿qué vendría a ser ese rayo que cae sobre nuestros días?, ¿bendición?, ¿catástrofe?, ¿cómo lo asociaríamos? Porque solo cada uno le podría dar sentido. Quizás y vivimos para eso que nos acontece y estremece, por esos momentos en que todo se llena de significado para cada uno. Para experimentar cómo nuestra existencia es sacudida por un rayo que no vimos venir. Y solo sabrá cada uno, de qué rayo se trate.


©Jhoandry Suárez


El juego de los enmascarillados

 

Fotografía: Andy Dean

En esta pandemia me he inventado un juego que aplico solo cuando salgo a la calle: ¿cómo es una persona sin la mascarilla? No sé si alguien más lo habrá jugado, prefiero pensar que es un juego exclusivo, del que solo yo tengo las normas y los pasos. Aunque lo pasos son simples, en realidad, se resumen en uno, imaginar. Cuando alguien viene por la acera, con su tapabocas, comienzo a sonar mi manojo de preguntas, ¿será que tiene bigote?, ¿será que al sonreír se verá su dentadura postiza?, ¿tendrá una cicatriz en el mentón? Las respuestas quedan a las meras conjeturas; conjeturas que luego la creatividad tejerá para armar esa parte del rostro oculta.


En tiempos cuando nos dominan las imágenes, el ver sin restricciones, ¿qué significa que algo se nos niegue contemplar? Ya podemos incluso observar la superficie de Marte en alta definición, allí apenas con solo guglearlo. Todo se nos da al alcance de la mano (y de la vista). La mascarilla vino a convertirse, además de un elemento de protección, en velo de algo tan elemental como la sonrisa.


Esta "burka" contemporánea que nos ha tocado llevar en medio de la pandemia bien cumple el papel de sus pares del Medio Oriente, esconder. Dejar que la mirada recobre su puesto de "ventana del alma", porque esto es principalmente lo que queda al descubierto. Nos ha tocado fiarnos de nuevo de los ojos, de sus parpadeos, de sus señas; debajo quedan los gestos mudos de la boca y de las mejillas, a merced del dibujo que hace de ellos nuestra imaginación.


Una norma del juego que he mencionado, es jamás ver a la persona sin la mascarilla, guardar la escena que nos hemos recreado de ella así tal cual, con el bigote que quizás no tenga, con la dentada que tal vez se quede corta, con la nariz perfilada que esa persona desea, pero no tiene. Nunca comparar la pintura mental que hemos hecho con la original. Resistir a ver la película cuando ya nos hemos armado el libro. De lo contrario, la imagen se romperá, sin importar el resultado.


Al develar todo, la imaginación se desarma; lo real ya no queda representado, si no evidenciado. Nos chocamos contra un muro infranqueable. "Pero no era como yo me lo imaginaba", pensaría, con un suspiro desalentado. O, “he acertado", un triunfo con el mismo sabor de perdida para la mente que quería seguir en sus hipotéticas descripciones.


La mascarilla nos ha hecho retornar a la imaginación; a apreciar el misterio como un germen del interés y erotismo, ese mismo que se ha venido deshilachando en una sociedad que todo lo da, procesado y explícito.


Por eso, no le veo victoria alguna al hecho de andar en la calle sin mascarilla en estos tiempos. Más allá de la norma moral que impone y de la protección que brinda, quizás y alguien más ha salido a la calle y se ha topado con mis ojos oscuros, mis cejas pobladas, la mitad de mi nariz respingada, y se habrá preguntado, sin saber que es parte de un juego, cómo será la otra mitad de mi rostro.


©Jhoandry Suárez 


¿Qué haríamos sin las palabras?

Foto: Pavan Trikutam 

Mi capacidad de socializar con los taxistas es nula. Apenas se limita a dos comentarios de un repertorio de cajón: “hay demasiado tráfico”, “que buen clima”; a cambio, espero un monosílabo o una frase corta para zanjar mi primer y único intento por iniciar una conversación. Hasta que te topas con algún venezolano de esos que hablan hasta por los tobillos y te reconoce; tal como me sucedió aquella tarde sabatina. Sentado en el asiento de atrás, en mi mutis viajero, me preguntó: “¿de qué parte de Venezuela eres?”. Nos reconocimos. “Maracaibo”. “Maracay”. Comenzó la charla. El hombre estaba enardecido por las últimas declaraciones de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, sobre el crimen y nuestra nacionalidad. Siguió hablando de que tenía tres años en la capital colombiana. Que toda su familia estaba con él. Que además importaba productos desde Estados Unidos. Me mostró la cortada en la palma de su mano izquierda producto de un atraco que frustró. Me dio detalles de cómo lo secuestraron en su propia casa en Maracay y vio cómo le robaban todo. En 40 minutos me entregó el sumario de su vida. Le di crédito ante la cantidad de precisiones. Una vez que nos despedimos y lo vi alejarse, comprendí que jamás me había dicho su nombre. Toda la historia que había escuchado tenía un rostro anónimo. Jamás podría decir que me encontré con Rafael, Mario o Gonzalo porque no sabía a quién pertenecía el relato que ahora sabía. 

***

¿Podemos vivir sin un nombre que nos identifique? ¿Sin una palabra que nos nombre? 

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Dentro de este montón de entrañas, memorias y emociones, somos palabras que se van quedado en cada rincón. Somos las palabras de otros que nos van habitando y nos van (des)contruyendo a lo largo de nuestra vida. Es complicado determinar dónde terminamos de decir lo que otros nos dijeron y dónde comenzamos a decir lo propio, nuestras palabras. Lo más interesante es descubrir qué nombran estas palabras porque lo real va quedando detrás de lo simbólico, detrás de cada palabra dicha o no. 

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Solo los escucho. Nunca los he visto. A mi apartamento llegan sus conversaciones a voz en cuello, sus debates, su música de Queen o de Adele. Me es imposible evitar oír sus voces cuando cruzan el piso que nos separa. Indudablemente a veces siento como si viviese con esos vecinos de arriba. Supe cuando llegaron. Los movimientos de los muebles los anunciaron. Los sonidos de los utensilios de cocina dieron fe de que alguien había comenzado a vivir en el apartamento superior. Desde entonces, me ha intrigado saber quiénes son. Para mí son conversaciones a las que no les puedo dar un rostro, ni mucho menos, un nombre. No me los he topado por los pasillos – o al menos eso creo-; por lo tanto, me es difícil asociar cómo son. Los he recreado en mi mente como dos jóvenes, ambos delgados, de personalidad conciliadora y amantes del bullicio. Son parte de mi imaginación, hasta que los conozca y sepa sus nombres. Allí se convertirán en realidad. Una realidad plana y definida. 

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Las palabras son defectuosas y perfectibles a la vez, buscan afanosamente ser “eso” que está en nosotros, que nos acontece, buscan ser la realidad, pero solo consiguen nombrarla, representarla, sin que eso alcance. 

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Los enamorados son los domadores de las palabras porque siempre buscan y crean aquellas que estén bajo su total dominio. Apelan a los diminutivos que usan para nombrarse, las expresiones de cariño, los apodos; y todo ello viene a formar su mundo. Las palabras forman mundos y siempre hemos buscado tener el nuestro, tan propio que solo sea compartido con quienes queramos, edificado en un código único. Es por eso que las palabras de dos enamorados en los oídos equivocados suenan cursis, infantiles y tontas. Entran en un mundo al que no pertenecen. 

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“Las palabras no son ‘objetos decorativos’. Producen realidad”, escribió la argentina Leila Guerriero. 

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Entonces, ¿qué viene a ser el silencio?, ¿un enemigo de las palabras?, ¿un lugar lleno de ruidos mudos?, ¿se calla para no decir o se calla para decir? “El silencio no es ausencia de sentido, al contario, aquello que no se puede decir es lo que más nos toca”, diría por allí Octavio Paz

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Nada puede ser más claro como el hecho de que caminamos en una calle entre lo nombrable e innombrable. Entre la palabra y el silencio. En una calle que nos atraviesa llamada lenguaje

©Jhoandry Suárez

El amor y la guerra

Foto: The GAIA Health Blog.

Federico desde hace tiempo sentía que sus amoríos eran guerras tontas, ninguna que lo hiciera vibrar, ni siquiera elaborar una estrategia de conquista. En esos años tan solo recordaba sus verdaderas batallas en eso que llaman amor.

Había vivido una Normandía, una batalla épica en la que logró conquistar el corazón de una hermosa morena que hacía labores de secretaría en un bufete. A pesar de sus múltiples rechazos, el sentía que ella cada vez se metía más en su corazón, en su Europa Central y necesitaba contratacar, también enamorarla. Así que planificó con esmero una salida a cenar. Procuro que todo pareciera que le propondría una vez más que abandonaran mutuamente su soltería. Sin embargo, luego del postre, aún no llegaron esas palabras. Lanzó libremente insinuaciones por doquier, señuelos para que su acompañante se pusiera a la defensiva y quizá lo rechazase.

Justo, cuando la dejaba frente a su casa, sin insinuación previa le dio un beso, el primero, y con una dosis tremenda de pasión. La morena, un tanto desairada lo miró con picardía y le guiño un ojo. “Me has tomado fuera de base, pero no importante, bésame de nuevo que besas bien”.

También había pasado por su Waterloo. Luego de una racha de conquistas y sentirse todo un donjuán, quiso encantar a una rubia, qué coincidencia de ascendencia belga. La mujer se mostró en todo momento indiferente ante él, lo rechazó con vehemencia. Aún esperanzado de que lograría enamorarla, quiso imitar su estrategia de Normandía, pero en su lugar consiguió que la mujer le diese una cachetada, le recriminara lo bajito que era y aparte fuera victima de una fractura del tabique gracias a la aparición de un novio, el cual no sabia que existía.

A su vida llego una trigueña de ojos cafés que con su sonrisa lo desarmo completamente. Cuando se vio, estaba competiendo con tres hombres que también querían que fuese su novia. Entonces, la joven llamada Anastasia se resistía a toda conquista amorosa y los trataba a los cuatro como amigos, pese a sus claras intenciones. Para él, aquello era la batalla de Stalingrado. Casi un año estuvo detrás de ella y su resistencia férrea a mostrarse interesada en algunos era digna de reconocer. Hasta que una temporada, abandonada por sus amigas que se fueron de viaje, ella le dio un sí. Y él comprendió cómo las amigas la ayudaban a mantenerse firme en hacerlo sufrir y esperar.

Pero, pasadas esas batallas, su espíritu quedaba inquieto, pues comprendía que sus conquistas recientes no eran más que simulacros y entrenamientos, nada que lo curtiera de nuevo en una trinchera.

©Jhoandry Suárez

Náufragos entre decisiones

Foto: Brendan Church (Unsplash)



¿Se han fijado que vivimos en un tiempo en el que tenemos cada vez más opciones para elegir, pero nos cuesta más decidir, nos frustra más o cada vez evadimos más tomar decisiones? —, reflexionó Sergio mientras miraba por una ventanilla.

Estaba acompañado de dos amigos, Sussane y Julio. Los tres iban en un bus atorado en una congestión vehicular que llevaba 30 minutos. Llovían los ruidos de las bocinas y hacía un calor que subía de tono de los insultos.
Los amigos se encontraban ajenos al caos, cada uno pensaba en algo, hasta que Sergio los interrumpió.

—Qué curioso, hace dos días pensaba en lo mismo —, dijo Sussane con un brillo en los ojos y haciendo una pausa para pensar bien lo que diría. Estamos tan inmerso en un mundo de cosas, en el que ya no solo tenemos para elegir entre un par de zapatos o dos, ahora son infinitos, de todos los colores, tamaños, precios. Como una avalancha que no para de crecer.
Sergio respondió con una sonrisa. Ella seguía su idea.

—Fíjense, pudimos haber elegido hacer este recorrido en taxi, metro o incluso caminando, y evidentemente tomamos la peor decisión —, apuntó las palmas de sus manos al exterior. Es decir, buscamos tomar la mejor decisión entre las opciones que se nos plantan delante, pero tenemos miedo de elegir lo equivocado porque cada vez tenemos más entre qué elegir y todo pinta acertado y ajustado a nosotros.

—Me sucede cuando voy a ver una película en internet desde casa —, intervino Julio, quien estaba en el asiento delantero de Sussane y Sergio. En cada categoría hay infinidad de títulos. Es abrumador. Hace una década nos conformábamos con lo que transmitía un canal de televisión o estrenaban en el cine, ahora resulta casi imposible—, ilustró.

—Eso no me ocurre a mí —, aclaró Sussane. No con la televisión, sabes que aborrezco todo eso de las películas —viró sus ojos hacia arriba. Pero sí me sucede con los libros y las revistas cuando voy a una librería. ¡Cada semana hay un estante nuevo con 100 libros más! Antes me alegraba, ahora me da una sensación de angustia porque al elegir uno me estoy perdiendo de disfrutar tantos otros.

—Creo que nos tiene muy jodidos pensar que siempre hay algo mejor, nunca que las demás opciones son peores. Resulta insoportable a veces esa sensación de que estamos perdiendo —, sugirió Sergio.

—A eso súmale el fantasma del error que hoy está más vivo que nunca —, acotó Julio apuntando el dedo directo al ceño de Sergio.

—Todo es una suma que lleva inequívocamente a que en algún punto nos sintamos frustrados porque en principio, a veces saber si una decisión fue correcta o no, es algo que lleva años descubrir. Como diría Kundera, todo fuese más fácil si podríamos vivir varias vidas y comparar nuestras decisiones, pero no, todo lo vivimos a la primera, como el ensayo y la puesta en escena.

”Y no conforme con las decisiones que ya debemos tomar, cada vez nos colocan más y más cosas frente a nuestras narices. Nos estimulan para que las elijamos, para que decidamos de inmediato, pero nadie detiene este tren que avanza tan rápido y observa que estamos un poco atontados entre tanta avalancha, que, en lugar de hacernos la vida más sencilla, la están complicando aún más.

Alrededor de ellos, miradas furtivas de otros pasajeros se concentraban en su conversación. Su debate era lo más entretenido del momento fuera de las las protestas y los gritos del exterior.

—Tampoco se puede tenerlo todo —interrumpió Sussane —imagina que pudiera llevarme todos los libros que encuentro en la librería, les aseguro que hace mucho habría dejado de salir con ustedes y pasaría todo el día leyendo en mi casa. Ahora que lo pienso, luce mejor, me hubiese ahorrado estar sofocada en este bus.

Julio le lanzó una mirada incrédula.

—Elegir es renunciar, querida —, le recordó.

—¿Y nos han enseñado a renunciar? —, cuestionó Sergio.

Los tres callaron. El bossa nova Desafinado de Antonio Carlos Jobim penetró en la escena. No identificaban su origen, quizás provenía del vehículo a un costado del bus.

—Hasta en el amor el asunto se complica —, ironizó Sussane.

—¿Por qué lo dices? —, quiso saber Julio.

—Porque cada vez tienes más puertas para conocer a más personas, y respondiendo a la pregunta de Sergio, venimos desde niños sin saber muy bien qué es elegir y renunciar. Elegimos muchas veces a alguien sin pretender renunciar al resto. Todo para experimentar “esa opción”, pero sin cerrar las otras. Por eso digo, se complica un poco más.

“Tal vez si cesara esa campaña que tanto nos bombardea del tener, del vivir, del disfrutar, sino del “elegir y renunciar”, pudiésemos aprender a valorar lo que tenemos en determinado momento. Pero, renunciar, ay renunciar, lo han vuelto un símbolo de los perdedores. El símbolo del poder se concentra en el tener, el poseer muchas relaciones, el acaparar.

—¿En qué momento llegamos al tema de la fidelidad? —bromeó Sergio. Pero justo lo que dice Sussane es cierto. En ninguna parte de nuestra infancia alguien nos enseña cómo y cuándo vamos a renunciar a algo, tal vez si eso sucediera, tendríamos una mejor disposición para elegir y dejar de anhelar lo “perdido”.

—¿Entonces la culpa no es de una sociedad que cada vez nos ofrece más y más para elegir? —, intervino Julio.

—Ambas: esa producción desmedida de cosas y esa educación de tenerlas sin perder nada —, argumentó Sergio.

—Les propongo algo hablando de este tema: ¿qué tal y renunciamos a la idea de llegar en bus a mi casa y nos bajamos para caminar? Afuera podremos “elegir” un café y seguir hablando de esto.

—De inmediato—, correspondió Sergio, sacudiendo su camisa sudada y levantándose de su asiento.

©Jhoandry Suárez

La ciudad de los rotos

Foto: Henry Miller (The Washington Post)

¿Por qué no terminamos de aceptar que no seremos “felices”? — cuestionó Susanne mientras terminaba el café y jugaba entre sus dedos con el cigarrillo recién calado.

Julio y Sergio la miraron de reojo. Pensaban que hacia uno de sus comentarios de mal gusto.

¿Y quién te ha dicho que no seremos felices? procedió a interpelar Sergio, más en un tono de burla que interesado en su argumento.

¿No lo ves? reaccionó la mujer, asustada por la “ceguera” del amigo.

Vemos que ya te has llevado mucho café y cigarrillos a la boca intervino Julio.

Susanne suspiró.

Todos los días nos venden que debemos ser felices. “Ven compra esto y lo serás”, “ven estudia aquello y lo alcanzarás”, “vamos, no estés triste, tienes que ser feliz”. ¿No lo ven? Todos los putos días nos lanzan encima este tipo de discursos, ¿y qué si no quiero ser feliz?

Entonces serías una amargada como lo estás siendo en este momento atacó Sergio.

¡Ese es el problema! Nos encasillan en una dualidad: ser felices o amargados. Pero eso es mentira porque nos empujan a “buscar la felicidad” para que el sistema se aproveche nuestro. Miren afuera, señaló hacia una ventana amplia en el frontis de la cafetería empañada por la lluvia.

Permanecieron en silencio mientras observaban y escuchaban el jazz Fly Free de Nubya García.

Como si de una acuarela se tratara, vieron a mujeres y hombres por igual caminando apresuradamente con paraguas en mano. Muchos aparecían en el recuadro llevando trajes, vestidos o camisas coronadas con corbatas. Maletines por aquí, carteras por allá. No faltaba un par de zapatos impolutos llenos de agua. Era un caos de movimiento a las seis de la tarde, atizado por los automóviles que avanzaban lentamente sin dejar de bramar impaciencia.

El auto rojo mojó a aquel hombre, ¡qué tonto! Debió haberse movido, río Sergio.

Susanne miraba a Julio en espera de que viese más allá del espectáculo del cual se mofaba su compañero. “Toda esa gente quizá se tarde una hora en llegar a sus casas para disfrutar a lo sumo de dos horas con sus familias o para ellas mismas”, reflexionó el hombre distraído.

A Susanne le brillaron los ojos.

¡Exacto! Esa gente que estamos viendo allí afuera, a esa gente también le han vendido todas las fórmulas para “ser felices”. Estudiaron lo que alguien más deseaba para asegurar su renta o lo que ellos querían por “vocación”, “pasión”, y todas esas tonterías que nos negamos a someter a examen. Pero allí están, viviendo una vida de tres horas para ellas porque el resto se lo lleva un trabajo que les promete que al final de cada mes, de cada año, de su vida, serán felices con sueldo, vacaciones y jubilación.

Toca trabajar, es algo lógico, señaló Sergio y acto seguido, tomó una taza de café sabiendo que volvía a estar en el punto de tiro de su amiga.

Estudiar, trabajar, tener pareja, hijos, familia, casa, automóvil, televisor, suscripción de tv satelital, computadora, piscina, una mascota, hasta alguien que nos limpie la casa, ¿ves cuántas cosas son lógicas y aun teniéndolas todas hay personas que están amargadas como tú dices? Se supone que solo al final de todo ese sinfín de requisitos, puedes darte la tarea de ser feliz. ¡Eso es ilógico! Acabemos con esa “felicidad” lo último lo dijo alzando la voz, casi como arenga.

Sergio se sobresaltó. Julio movió el cigarro de su boca en ademán de hablar.

Tal vez lo ilógico sea que no haya cabida para estar rotos y por eso nos saturamos de “cosas” para no sentirnos así.

O que hemos fracasado, acotó Sergio, quien bajaba el tono de su discurso retador y sarcástico.

Rotos y fracasados ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué permitimos que otro nos venda algo balsámico que nos ayude con el dolor por un momento porque debemos mantener una sonrisa?

Porque somos más rentables así. Piensa, en un hipotético caso, alguien que es feliz no necesita nada más o se supone sea así. Los rotos y fracasados que intentan no sentirse de esa manera, sí  ironizó Julio.  

Entonces contradices lo que Susanne dice acerca que no debería existir la felicidad porque si es precisamente siendo felices es que no necesitamos de más nada, intervino Sergio.

Susanne sonrío de satisfacción.

Esto que nos colocan frente como “felicidad” no es más que un ajuste a la uniformidad, a la costumbre, a aceptar que debemos “tener más y más” para estar completos. Mi sentido de la felicidad puede que sea muy diferente al de ustedes, pero coincide en algo, se puede dar incluso cuando no seamos plenos en cosas, estatus, educación, y en esos banales indicadores económicos y sociales.

Tal vez a Julio le encantaba comenzar con una palabra que indicara probabilidad, se trate de aceptar que aquel señor que atiende la mesa tres, también tuvo fracasos amorosos como cualquiera de nosotros. Que aquella mujer con el capuccino de la mesa seis, se equivocó imponiéndole a su hijo lo que pensaba. Que el joven de la caja, hoy tiene miedo de tocar música porque es un arte sin sueldo fijo. Dejar de creer que el otro ya está resuelto, sino igual de roto, y a su modo, como nosotros, trata de encontrar la parte de felicidad que le toca. Llegar a comprenderlo puede desnudar la trama del “gran ideal de felicidad” en la que nos vemos envueltos.

Demasiado utópicosentenció Sergio, casi nadie se atrevería a pensar de esa manera.

Susanne lanzó una mirada comprensiva a Sergio.

Solo digo que ya no llamemos felicidad lo que otros quieren que consideremos lo es aclaró la mujer. Antes que una vida feliz, preferiría una vida interesante, a mi estilo y modo, rota, con mis fracasos, para librarme de esa pretensión de alguien más de decirme qué es lo que debería querer y qué debería olvidar para tenerlo. Si revocamos la palabra, la eliminamos de diccionarios, de medios, de anuncios, ya nos tocaría inventar otra y darnos tiempo para otorgarle el concepto que cada uno necesita porque el de ahora es una bota que nos pisa más y más.

Nos llamarán egoístas o locos sugirió Sergio.

Lo estamos mientras seguimos a los infelices que supuestamente nos venden la felicidad a nuestra imagen y semejanza sentenció ella.

©Jhoandry Suárez