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El latido de una cuchara*

De la pluma y los cronopios de Julio Cortázar:

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belgique».
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, como cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.


Tomado de “Historia de cronopios y famas”, 1962
*Título ficticio


La invención

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Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete.



Julio Cortázar, 1993, La Rayuela

Repetición ⃰

De la pluma de Milan Kundera, escritor checoslovaco.
Extraído de la "Insoportable levedad del ser " (1984): 

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
(…)
Unos días más tarde se le ocurrió la siguiente idea, que registro como complemento al capítulo anterior: En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron. 
Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores. Y quizás existan más y más planetas en los que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
Esa es la versión de Tomás del eterno retorno.
Claro que nosotros, aquí, en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurriría al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?
Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Nota: convencido de que la historia humana funge como esos planetas que nos hacen madurar, integro este fragmento a mi blog. El detalle está en cuál posición adoptar: la del optimista o la del pesimista.


⃰Título ficticio

¿Qué le queda a los jóvenes?

Del pulso de Mario Benedetti, poeta uruguayo:




¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿solo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros

¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar / abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar

¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines de pasado
y los sabios granujas del presente.

Mario Benedetti (1998) La vida ese paréntesis.

¿Quién sabe de amor y acomodar una silla?*


De la pluma de Roberto Echeto, escritor venezolano

Todos sabemos qué se siente cuando la persona amada te presta atención o te rechaza. Todos sabemos que enamorarse es peligroso, entre otras razones, porque no hay enamorado que no haga o diga tonterías. Todos sabemos que enamorarse es comenzar a girar en torno a alguien y, si las cosas salen  bien, se gira hasta que los enamorados se fusionan y se convierten en una sola entidad que la gente identifica a leguas.
En ese momento, sabrá Dios por qué, los que se aman con pasión y frenesí comienzan a engordar (…)
Todos nos hemos enamorado. Por eso entendemos la fascinación que despierta la etapa “mágica” del amor, ésa en la que los amantes se sientes indestructibles y como amparados por un campo de energía semejante al de los supeheroes. No obstante, la energía pasa y el amor que surgió como una energía capaza de soportar los embates del destino, comienza a sufrir el desgaste propio de aquello que se somete todos los días a las fuerzas inexorables de la realidad. De manera que aquello que nació hermoso, se transforma y muestra otra cara menos grata.
Según las premisas que hemos expuesto, pareciera que el sentimiento que analizamos se divide y nos muestra dos caras: una bonita y otra fea; una que es pura ilusión y otra que puede transmutarse en horror (…)
La cara bonita produce un discurso optimista que difunde al amor como algo puro y juvenil por lo que vale la pena luchar hasta la muerte. La cara fea produce una narrativa oscura que muestra al amor como un calvario en el que los que se aman se tropiezan todos los días con múltiples obligaciones cotidianas, con el trabajo, con los hijos, con problemas económicos, con desilusiones, con hastíos y con una silla que alguien dejó mal puesta en la cocina de la casa… En la cara bonita se reflejan besos, abrazos y arrumacos infinitos. En la cara fea se muestran las pequeñas diferencias que se pueden transformar en  grandes dramas, si no se manejan con cautela. Desde el lado bonito, quienes se aman pueden pasar por mil y un infortunios, pero la esperanza de que al final el amor siempre triunfara no los abandona nunca. En el lado oscuro, quienes se aman hoy, no saben ni pueden saber si se amaran mañana ni si se soportaran, ni si seguirán juntos porque una nube de incertidumbre los cobija cada día.
Como el amor es un sentimiento universal que acompaña a los seres humanos desde siempre, su discurso tiende a repetirse y a generar lugares comunes que se explotan desde los dos ángulos mencionados en los párrafos anteriores. Quien lee una novela de Corin Tellado, ve película romántica o un programa de chismes del corazón, se aproxima al tema amoroso esperando una sucesión de acontecimientos que culminaran con un largo y apasionado beso con el que muestra que los amantes “alcanzaron la felicidad anhelada”. Por su parte, quien lee u oye un cuento donde aparezca un hombre a quien su mujer abandonó por otro, espera que tarde o temprano aparezcan lágrimas, rockolas, borracheras y boleros, como si no existieran otras formas de purgar un despecho, el evento más horrible ligado a la gramática del amor.
La presencia excesiva de tales lugares comunes trivializa al discurso amoroso y, por supuesto, al relato que los contenga. Quizás la mejor manera de referirse al amor sea con cautela y entendiendo que es un sentimiento la mar de complejo cuya naturaleza muta sin avisar, como una fuerza que nos arrastra y nos hace comprender que nadie, ni siquiera ese gran cantante, compositor, arreglista, pianista y director de la Unlimited Love Orchestra¸ que fue Barry White, tiene la ultima palabra con respecto a ese tema (…)

Extraído de Barry White no es el único que sabe de amor.

Crédito de foto: editorial Aguilar
*título ficticio



Tantos diciembres

De pluma de Alberto Barrera Tyszka, escritor venezolano.

¿Cuántos diciembres caben un solo diciembre? Bajo el nombre de este mes se mudan tantos deseos diferentes y, sin embargo, todos parecemos compartir la misma ansia: taima [tiempo fuera]. Que diciembre sea un recreo. Que diciembre sea una fuga hacia la familia, hacia una feliz nada, o hacia el hígado. Que el año en realidad tenga 11 meses. Que diciembre sea el pedazo de escalera que no sube, el descanso. Que sea un mes sin instrucciones. Que no vaya a ningún lado. Kafka decía que en el mundo hay una cantidad infinita de esperanza. Bajo este único diciembre, hay tantos diciembres, tantas distintas esperanzas, además; tanta irreconciliables incluso. La Navidad no nos va a cambiar, pero quizás nos ayude a llevar de otro modo nuestras diferencias. Más que un deseo, es un ojalá.


China, el gato que caza más ratones

Extraído del libro Cuentos Chino de Andrés Oppenheimer, 2005.

“Y entonces”, dije, “¿Qué ha quedado del comunismo en este país?”
Hong [subdirector de Información del Ministerio de Relaciones Exteriores de China]  cambió su talante de inmediato. Depositó los palitos chinos en la mesa y abandonó de un segundo a otro su jovialidad para adoptar el aire de gravedad con que funcionarios comunistas suelen explicar el mundo a los infieles. “Nosotros seguimos siendo comunistas. Lo que ocurre es que el comunismo es un ideal a largo plazo, que puede tardar doscientos o trescientos años en alcanzarse”, me dijo el señor Hong, mientras sus dos asistentes asentían con la cabeza. “Durante la década del cincuenta, nuestra percepción del comunismo no era la correcta. Cometimos el error de adoptar políticas destinadas a implantar el comunismo de la noche a la mañana. Sin embargo, como ya lo decía Marx, el comunismo debe darse en una sociedad que ya alcanzó el bienestar material”
¿Pero acaso no son estas acrobacias verbales una excusa del Partido Comunista para no admitir el fracaso de su modelo ideológico y mantener en el poder como partido único?, pregunté. El señor Hong había vivido muchos años en el exterior, conviviendo con periodistas occidentales, de manera que calculé que no era demasiado arriesgado hacer esta pregunta. Seguramente, se la habían hecho muchas veces antes. “De ninguna manera. En China ternemos una democracia de un partido, que es lo que necesitamos”, contestó, sin un trazo de agitación. El argumento era sencillo: China tiene 1300 millones de habitantes, de 55 grupos étnicos diferentes, con tantas tensiones sociales latentes que era impensable un sistema multipartidista. Con 800 millones de personas en la pobreza, “no podemos correr el riesgo de turbulencias”, dijo.
….
Sin poder evitar una sonrisa, comenté que, a los ojos de un extranjero, China estaba en una marcha acelerada hacia el capitalismo. Si el 60 por ciento de la economía ya estaba en manos privadas y el propio gobierno chino admitía que otros cientos de miles empresas estatales serán privatizadas en el futuro próximo, y que el traspaso de empresa era “el mayor motor del desarrollo económico” – como me lo había dicho el señor Zhou, el alto funcionario del Ministerio Nacional de Desarrollo y Reforma-, no había que tener un doctorado en Economía Política para sospechar que China estaba dejando atrás el comunismo a pasos agigantados y que se seguía aferrando a la retórica marxista sólo para justificar su monopolio absoluto del poder.

Cuando salimos del restaurante, bajando por la escalera mecánica del centro comercial donde estábamos, le comenté a uno de los funcionarios que caminaba a mi lado que en los Estados Unidos hay un dicho según el cual si algo parece un pato, camina como un pato y suena como un pato, debe ser un pato. “Nosotros tenemos un proverbio parecido”, me contestó el funcionario, encogiéndose de hombros con una sonrisa. “El presidente Deng Xiaoping solía decir que no importaba de qué color sea el gato: lo importante es que cace ratones” 

Solo 12 horas para salvarlo

Gabriel García Márquez
De Cuando era feliz e indocumentado
(Recopilación de crónicas y reportajes en Caracas)

 Este niño de 18 meses, condenado a muerte por la leve mordedura de un perro, sólo tenía un sábado de vida. La única droga que podía derogar la sentencia se hallaba a 5.000 kilómetros.

 Había sido una mala tarde de sábado. El calor empezaba en Caracas. La avenida de Los Ilustres, descongestionada de ordinario, estaba imposible a causa de las cornetas de los automóviles, del estampido de las motonetas, de la reverberación del pavimento bajo el ardiente sol de febrero y de la multitud de mujeres con niños y perros que buscaban sin encontrarlo el fresco de la tarde. Una de ellas, que salió de su casa a las 3.30 con el propósito de dar un corto paseo, regresó contrariada un momento después. Esperaba dar a luz la semana próxima. A causa de su estado, del ruido y el calor, le dolía la cabeza. Su hijo mayor, 18 meses, que paseaba con ella, continuaba llorando porque un perro juguetón, pequeño y excesivamente confianzudo, le había dado un mordisco superficial en la mejilla derecha. Al anochecer le hicieron una cura de mercurio cromo. El niño comió normalmente y se fue a la cama de buen humor.
 En su apacible pent-house del edificio Emma, la señora Ana de Guillén supo esa misma noche que su perro había mordido un niño en la avenida Los Ilustres. Ella conocía muy bien a Tony, el animal que ella misma había criado y adiestrado y sabía que era afectuoso e inofensivo. No le dio importancia al incidente. El lunes cuando su marido regresó del trabajo, el perro le salió al encuentro. Con una agresividad insólita, en vez de mover la cola, le rasgó el pantalón. Alguien subió a decirle, en el curso de la semana, que Tony había tratado de morder un vecino en la escalera. La señora Guillen atribuyó al calor la conducta de su perro. Lo encerró en el dormitorio, durante el día, para evitar inconvenientes con los vecinos. El viernes, sin la menor provocación, el perro trató de morderla a ella. Antes de acostarse lo encerró en la cocina, mientras se le ocurría una solución mejor. El animal, rasguñando la puerta, lloró toda la noche. Pero cuando la muchacha de servicio entró a la cocina a la mañana siguiente, lo encontró blando y pacífico, con los dientes pelados y llenos de espuma. Estaba muerto.

 6 a.m. un perro muerto en la cocina

 El 1º de marzo fue un sábado más para la mayoría de los habitantes de Caracas. Pero para un grupo de personas que ni siquiera se conocían entre sí, que no sufren de la superstición del sábado, que despertaron aquella mañana con el propósito de cumplir una jornada ordinaria, en Caracas, Chicago, Maracaibo, Nueva York, y aún a 12.000 pies de altura, en un avión de carga que atravesaba el Caribe rumbo a Miami, aquella fecha había de ser una de las más agitadas, angustiosas e intensas. Los esposos Guillen, puestos de frente a la realidad por el descubrimiento de la sirvienta, se vistieron a la carrera y salieron a la calle sin desayunar. El marido fue hasta el abasto de la esquina, buscó apresuradamente en la guía telefónica y llamó al Instituto de Higiene, en la Ciudad Universitaria, donde, según había oído decir, se examina el cerebro de los perros muertos por causas desconocidas, para determinar si habían contraído la rabia. Era aún muy temprano. Un celador de voz soñolienta le respondió que nadie llegaría hasta las 7.30.
 La señora de Guillén debía recorrer un camino largo y complicado antes de llegar a su destino. En primer término necesitaba recordar, a esa hora, en la avenida Los Ilustres, donde empezaban a circular los buenos y laboriosos vecinos que nada tenían que ver con su angustia, quién le había dicho el sábado de la semana pasada que su perro había mordido a un niño. Antes de las 8, en un abasto, encontró una sirvienta portuguesa que creyó haber oído la historia del perro de una vecina suya. Era una pista falsa. Pero más tarde tuvo la información aproximada de que el niño mordido vivía muy cerca de la Iglesia de San Pedro, en Los Chaguaramos. A las 9 de la mañana, una camioneta de la cercana Unidad Sanitaria se llevó el cadáver del perro para examinarlo. A las 10, después de haber recorrido uno a uno los edificios más cercanos a la Iglesia de San Pedro, preguntando quién tenía noticia de un niño mordido por un perro, la señora de Guillen encontró otro indicio. Los albañiles italianos de un edificio en construcción, en la avenida Ciudad Universitaria, habían oído hablar de eso en el curso de la semana. La familia del niño vivía a 100 metros del lugar que la angustiada señora de Guillen había explorado centímetro a centímetro durante toda la mañana, edificio "Macuto", apartamento número 8. En la puerta había una tarjeta de una profesora de piano. Había que oprimir el botón del timbre a la derecha de la puerta y preguntarle a la sirvienta gallega por el señor Reverón.
 Carmelo Martín Reverón había salido aquel sábado, como todos los días, salvo el domingo, a las 7.35 de la mañana. En su Chevrolet azul claro, que estaciona en la puerta del edificio, se había dirigido a la esquina de Velázquez. Allí está situada la empresa de productos lácteos donde trabaja hace cuatro años. Reverón es un canario de 32 años que sorprende desde el primer momento por su espontaneidad y sus buenas maneras. No tenía ningún motivo de inquietud aquella mañana de sábado. Tenía una posición segura y la estimación de sus compañeros de trabajo. Se casó hace dos años. Su hijo mayor, Roberto, había cumplido los 18 meses en buena salud. El último miércoles, había experimentado una nueva satisfacción: su esposa había dado a luz una niña.
 En su calidad de delegado científico, Reverón pasa la mayor parte del tiempo en la calle, visitando a la clientela. Llega a los laboratorios a las 8 de la mañana, despacha los asuntos más urgentes, y no vuelve hasta el otro día, a la misma hora. Ese sábado, por ser sábado volvió al laboratorio, excepcionalmente, a las 11 de la mañana. Cinco minutos después lo llamaron por teléfono.
 Una voz que él no había escuchado jamás, pero que era la voz de una mujer angustiada, le transformó aquel día apacible, con cuatro palabras, en el sábado más desesperado de su vida. Era la señora de Guillen. El cerebro del perro había sido examinado y el que en ese instante el virus de la rabia había hecho resultado no admitía ninguna duda: positivo. El niño había sido mordido siete días antes. Eso quería decir progresos en su organismo. Había tenido tiempo de incubar. Con mayor razón en el caso de su hijo, pues la mordedura había sido en el lugar más peligroso: la cara.
 Reverón recuerda como una pesadilla los movimientos; que ejecutó desde el instante mismo en que colgó el teléfono. A las 11.35 el doctor Rodríguez Fuentes, del Centro Sanitario, examinó al niño, aplicó una vacuna antirrábica, pero no ofreció muchas esperanzas. La vacuna antirrábica, que se fabrica en Venezuela, y que sólo ha dado muy buenos resultados, empieza a actuar siete días después de aplicada. Existía el peligro de que, en las próximas 24 horas, el niño sucumbiera a la rabia, una enfermedad tan antigua como el género humano, pero contra la cual la ciencia no ha descubierto aún el remedio. El único recurso es la aplicación de morfina para apaciguar los terribles dolores, mientras llega la muerte.
 El doctor Rodríguez Fuentes fue explícito: la vacuna podría ser inútil. Quedaba el recurso de encontrar, antes de 24 horas, 3.000 unidades de Iperimune, un suero antirrábico fabricado en los Estados Unidos. A diferencia de la vacuna, el suero antirrábico empieza a actuar desde el momento de la primera aplicación. 3.000 unidades no ocupan más espacio ni pesan más que un paquete de cigarrillos. No tendrían por qué costar más de 30 bolívares. Pero la mayoría de las farmacias de Caracas que fueron consultadas, dieron la misma respuesta: "No hay". Incluso algunos médicos no tenían noticias del producto, a pesar de que apareció por primera vez en los catálogos de la casa productora en 1947. Reverón tenía 12 horas de plazo para salvar a su hijo. La medicina salvadora estaba a 5.000 Kms. de distancia, en los Estados Unidos, donde las oficinas se preparaban a cerrar hasta el lunes.

 12m. Víctor Saume da el S.O.S.

 El desenfadado Víctor Saume interrumpió el Show de las 12, en Radio Caracas-Televisión, para transmitir un mensaje urgente. "Se ruega —dijo— a la persona que tenga ampollas de suero antirrábico Iperimune, llamar urgentemente por teléfono. Se trata de salvar la vida de un niño de 18 meses". En ese mismo instante, un hermano de Carmelo Reverón transmitía un cable a su amigo Justo Gómez, en Maracaibo, pensando que alguna de las compañías petroleras podía disponer de la droga. Otro hermano se acordó de un amigo que vive en Nueva York —Mr. Robert Hester— y le envió un cable urgente, en inglés, a las 12.05 horas de Caracas. Mr. Robert Hester se disponía a abandonar la lúgubre atmósfera newyorkina invernal para pasar el week-end en los suburbios, invitado por una familia amiga. Cerraba la oficina cuando un empleado de la All American Cable le leyó por teléfono el cable que en ese instante había llegado de Caracas. La diferencia de media hora entre las dos ciudades favoreció aquella carrera contra el tiempo.
 Un televidente de La Guaira, que almorzaba frente a la televisión, saltó de la silla y se puso en contacto con un médico conocido. Dos minutos después pidió una comunicación con Radio Caracas y aquel mensaje provocó, en los próximos cinco minutos, cuatro telefonemas urgentes. Carmelo Reverón, que no tiene teléfono en su casa se había trasladad do con el niño al número 37 de la calle Lecuna, Country Club, donde vive uno de sus hermanos. Allí recibió, a las 12.32, el mensaje de La Guaira: de la Unidad Sanitaria da aquella ciudad informaban que tenían Iperimune. Una radiopatrulla del tránsito, que se presentó espontáneamente, lo condujo allí en 12 minutos, a través del tránsito abigarrado del mediodía, saltando semáforos a 100 kilómetros por hora. Fueron 12 minutos perdidos. Una parsimoniosa enfermera aletargada, frente al ventilador eléctrico, le informó que se trataba de un error involuntario.
 —Iperimune no tenemos —dijo—. Pero tenemos grandes cantidades de vacuna antirrábica.
 Esa fue la única respuesta concreta que ocasionó el mensaje por la T.V. Era increíble que en Venezuela no s encontrara suero antirrábico. Un caso como el del niño Reverón, cuyas horas estaban contadas, podía ocurrir en cualquier momento. Las estadísticas demuestran que todos los años se registran casos de personas que mueren a consecuencia de mordeduras de perros rabiosos. De 1950 a 1952, más de 5.000 perros mordieron 8.000 habitantes de Caracas. De 2.000 puestos en observación, 500 estaban contaminados. En esos 2 años, 20 venezolanos murieron contaminados por las mordeduras.
 En los últimos meses, las autoridades de higiene, inquietas por la frecuencia de los casos de rabia, han intensificado las campañas de vacunación. Oficialmente, se están haciendo 500 tratamientos por mes. El doctor Briceño Rossi, director del Instituto de Higiene y autoridad internacional en la materia, hace someter a una rigurosa observación de 14 días a los perros sospechosos. Un 10% resulta contaminado. En Europa y los Estados Unidos, los perros, como los automóviles, necesitan una licencia. Se les vacuna contra la rabia y se les cuelga del cuello una placa de aluminio donde está grabada la fecha en que caduca su inmunidad. En Caracas, a pesar de los esfuerzos del doctor Briceño Rossi, no existe una reglamentación en ese sentido. Los perros vagabundos se pelean en la calle y se transmiten un virus que luego transmiten a los humanos. Era increíble que en esas circunstancias no se encontrara suero antirrábico en las farmacias y que Reverón hubiera tenido que recurrir a la solidaridad de personas que ni siquiera conocía, que ni siquiera conoce aún, para salvar a su hijo.

 "El lunes será demasiado tarde"


 Justo Gómez, de Maracaibo, recibió el cable casi al mismo tiempo que Mr. Hester en Nueva York. Sólo un miembro de la familia Reverón almorzó tranquilo aquel día: el niño. Hasta ese momento gozaba de una salud aparentemente perfecta. En la clínica, su madre no tenía la menor sospecha de lo que estaba ocurriendo. Pero se inquietó a la hora de las visitas ordinarias, porque su marido no llegó. Una hora después, uno de sus cuñados, aparentando una tranquilidad que no tenía, fue a decirle que Carmelo Reverón iría más tarde.
 Seis llamadas telefónicas pusieron a Justo Gómez, en Maracaibo, sobre la pista de la droga. Una compañía petrolera, que hace un mes se vio precisada a traer Iperimune de los Estados Unidos para uno de sus empleados, tenía 1.000 unidades. Era una dosis insuficiente. El suero se administra de acuerdo con el peso de la persona y la gravedad del caso. Para un niño de 40 libras, bastan 1.000 unidades, veinticuatro horas después de la mordedura. Pero el niño Reverón, que pesa 35, había sido mordido siete días antes, y no en una pierna sino en la cara. El médico creía necesario aplicar 3.000 unidades. En circunstancias normales, esa es la dosis para un adulto de 120 libras. Pero no era el momento de rechazar 1.000 unidades, cedidas gratuitamente por la compañía petrolera, sino de hacerlas llegar, en el término de la distancia, a Caracas. A la 1.45 de la tarde, Justo Gómez comunicó por teléfono que se trasladaba al aeródromo de Grano de Oro, Maracaibo, para enviar la ampolla. Uno de los hermanos de Reverón se informó de los aviones que llegarían en esa tarde a Maiquetía y supo que a las 5.10 aterrizaba un avión L-47 procedente de Maracaibo. Justo Gómez, a 80 kilómetros por hora, fue al aeródromo, buscó alguna persona conocida que viniera a Caracas, pero no la encontró. Como había puesto en el avión y no se podía perder un minuto, compró un pasaje en el aeródromo y se vino a traerla personalmente.
 En Nueva York, Mr. Hester no cerró la oficina. Canceló el week-end, solicitó una comunicación telefónica con la primera autoridad en la materia de los Estados Unidos, en Chicago, y recogió toda la información necesaria sobre el Iperimune. Tampoco allí era fácil conseguir el suero. En los Estados Unidos, debido al control de las autoridades sobre los perros, la rabia está en vías de desaparición total. Hace muchos años que no se registra un caso de rabia en seres humanos. En el último año, sólo se registraron 20 casos de animales rabiosos en todo el territorio, y precisamente en dos de los Estados de la periferia, en la frontera mexicana: Texas y Arizona. Por ser una droga que no se vende, las farmacias no la almacenan. Puede encontrarse en los laboratorios que producen el suero. Pero los laboratorios que producen el suero habían cerrado a las 12. Desde Chicago, en una nueva llamada telefónica le dijeron a Mr. Hester dónde podía encontrar Iperimune en Nueva York. Consiguió 3.000 unidades, pero el avión directo a Caracas había salido un cuarto de hora antes. El próximo vuelo regular —Delta, 751— saldría en la noche del domingo y no llegaría a Maiquetía sino el lunes. Con todo, Mr. Hester envió las vacunas al cuidado del capitán y puso un cable urgente a Reverón, con todos los detalles incluso el número de teléfono del Delta en Caracas —55.84.88— para que se pusiera en contacto con sus agentes y recibiera la droga en Maiquetía, al amanecer del lunes. Pero entonces podía ser demasiado tarde.
 Carmelo Reverón había perdido dos horas preciosas, cuando entró, jadeante, a las oficinas de la Pan American, en la avenida Urdaneta. Lo atendió el empleado de turno en la sección de pasajes, Carlos Llorente. Eran las 2.35. Cuando supo de qué se trataba, Llorente tomó el caso como cosa propia, y se hizo el firme propósito de traer los sueros, desde Miami o Nueva York, en menos de 12 horas. Consultó los itinerarios. Expuso el caso al gerente de tráfico de la compañía, Mr. Roger Jarman, quien hacía la siesta en su residencia y pensaba bajar a las 4 a La Guaira. También Mr. Jarman tomó el problema como cosa propia, consultó por teléfono al médico de la PAA en Caracas, el doctor Herbig —avenida Caurimare, Colinas de Bello Monte— y en una conversación de 3 minutos aprendió todo lo que se puede saber sobre Iperimune. El doctor Herbig, un típico médico europeo, que se entiende en alemán con sus secretarias, estaba precisamente preocupado por el problema de la rabia en Caracas antes de conocer el caso del niño Reverón. El mes pasado atendió dos casos de personas mordidas por animales. Hace 15 días, un perro murió en la puerta de su consultorio. El doctor Herbig lo examinó, por pura curiosidad científica, y no le cupo la menor duda de que había muerto de rabia.
 Mr. Jarman se comunicó por teléfono con Carlos Llorente y le dijo: "Agote todos los recursos para hacer venir los sueros". Esa era la orden que Llorente esperaba. Por un canal especial, reservado a los aviones en peligro, transmitió a las 2.50, un cable a Miami, Nueva York y Maiquetía. Llorente lo hizo con un perfecto conocimiento de los itinerarios. Todas las noches, salvo los domingos, sale de Miami hacia Caracas un avión de carga, que llega a Mai-quetía a las 4.50 de la madrugada del día siguiente. Es el vuelo 399. Tres veces por semana —lunes, jueves y sábado— sale de Nueva York el vuelo 207, que llega a Caracas al día siguiente, a las 6.30. Tanto en Miami como en Nueva York disponían de 6 horas para encontrar el suero. Se informó a Maiquetía para que allí estuvieran pendientes de la operación. Todos los empleados de Pan American recibieron la orden de permanecer alerta a los mensajes que llegaran esa tarde de Nueva York y Miami. Un avión de carga, que volaba hacia los Estados Unidos, captó el mensaje a 12.000 pies de altura y lo retransmitió a todos los aeródromos del Caribe. Completamente seguro de sí mismo, Carlos Llorente, que estaría de turno hasta las 4 de la tarde, mandó a Reverón a su casa con una sola instrucción:
 —Llámeme a las 10.30 al teléfono 71.87.50. Es el teléfono de mi casa.
 En Miami, R.H. Steward, el empleado de turno en la sección de pasajes, recibió casi instantáneamente el mensaje de Caracas, por los teletipos de la oficina. Llamó por teléfono, a su casa, al doctor Martín Mangels, director-niédico de la División Latinoamericana de la compañía, pero debió hacer dos llamadas más antes de localizarlo. El doctor Mangels se hizo cargo del caso. En Nueva York, 10 minutos después de recibir el mensaje encontraron una ampolla de 1.000 unidades, pero a las 8.35 habían perdido las esperanzas de encontrar el resto. El doctor Mangels, en Miami, casi agotados los últimos recursos, se dirigió al Hospital Jackson Memorial, que se comunicó inmediatamente con todos los hospitales de la región. A las 7 de la noche, el doctor Mangels, esperando en su casa, no había recibido ninguna respuesta del Hospital Jackson. El vuelo 339 salía dentro de dos horas y media. El aeródromo estaba a 20 minutos.

 Ultimo minuto: Grado y medio de fiebre


 Carlos Llorente, un venezolano de 28 años, soltero, entregó el turno a Rafael Carrillo, a las 4, y le dejó instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer en caso de que llegaran los cables de los Estados Unidos. Llevó a lavar su automóvil modelo 55, verde y negro, pensando que a esa hora, en Nueva York y Miami, todo un sistema estaba en movimiento para salvar al niño Reverón. Desde la bomba donde lavaban el automóvil, llamó por teléfono a Carrillo y éste le dijo que aún no había llegado ninguna noticia. Llorente empezó a preocuparse. Se dirigió a su casa, avenida La Floresta, La Florida, donde vive con sus padres y comió sin apetito, pensando que dentro de pocas horas Reverón llamaría por teléfono y no tendría ninguna respuesta. Pero a las 8.35, Carrillo lo llamó desde la oficina para leerle un cable que acababa de llegar de Nueva York: en el vuelo 207, que llegaría a Maiquetía el domingo a las 6.30 de la mañana, venían 1.000 unidades de Iperimune. A esa hora, un hermano de Reverón había recibido a Justo Gómez, que se bajó del avión de Maracaibo dando saltos, con las primeras 1.000 unidades que fueron inyectadas al niño esa misma tarde. Faltaban 1.000 unidades, además de las 1.000 que con absoluta seguridad venían de Nueva York. Como Reverón no había dejado ningún teléfono, Llorente no lo puso al tanto de los acontecimientos, pero salió un poco más tranquilo, a las 9, a una diligencia personal. Dejó a su madre, por escrito, una orden:
 —El señor Reverón llamará a las 10.30. Que llame inmediatamente al señor Carrillo, a la oficina de la PAA.
 Antes de salir, llamó él mismo a Carrillo y le dijo que en lo posible, no ocupara la línea central después de las 10.15, para que Reverón no encontrara el teléfono ocupado. Pero a esa hora, Reverón sentía que el mundo se le caía encima. El niño después de que se le inyectó la primera dosis de suero, no quiso comer. Esa noche no manifestó la misma viveza que de costumbre. Cuando fueron a acostarlo tenía un poco de fiebre. En algunos casos, muy poco frecuentes, el suero antirrábico ofrece ciertos peligros. El doctor Briceño Rossi, del Instituto de Higiene, no se ha decidido a fabricarlo mientras no esté absolutamente convencido de que la persona inyectada no corre ningún riesgo. La fabricación de la vacuna ordinaria no ofrece complicaciones: para los animales, es un virus vivo en embrión de pollo, que da una inmunidad de 3 años en una sola dosis. Para los humanos, se fabrica a partir del cerebro del cordero. Cuando se dio cuenta de que su niño tenía fiebre, Reverón que sabía que la producción del suero es más delicada, consideró perdidas todas las esperanzas. Pero su médico lo tranquilizó. Dijo que podía ser una reacción natural.
 Dispuesto a no dejarse quebrantar por las circunstancias Reverón llamó a casa de Llorente a las 10.25. No lo hubiera hecho si hubiera sabido que a esa hora no había sido enviada ninguna respuesta desde Miami. Pero el Hospital Jackson comunicó a las 8.30 al doctor Mangels que había conseguido 5.000 unidades después de una gestión relámpago en un pueblo vecino. El doctor Mangels recogió las ampolletas personalmente y se dirigió con ellas, a toda velocidad, al aeródromo, donde un DC-6-B se preparaba para iniciar el vuelo nocturno. Al día siguiente no había avión para Caracas. Si el doctor Mangels no llegaba a tiempo tendría que esperar hasta el lunes en la noche. Sería demasiado tarde. El capitán Gillis, veterano de Corea y padre de dos niños, recibió personalmente las ampolletas y las instrucciones, escritas de puño y letra por el doctor Mangels. Se dieron un apretón de manos. El avión decoló a las 9.30 en el momento en que el niño Reverón, en Caracas, tenía un grado y medio de fiebre. El doctor Mangels vio desde la helada terraza del aeródromo el decolaje perfecto del avión. Luego subió de dos en dos los escalones, hacia la torre de control, y dictó un mensaje para ser transmitido a Caracas por canal especial. En la avenida Urdaneta, en una oficina solitaria, sumergida en los reflejos de color de los avisos neón, Carrillo miró el reloj: las 10.20. No tuvo tiempo de desesperarse. Casi en seguida el teletipo empezó a dar saltos espasmódicos y Carrillo leyó, letra por letra, descifrando mentalmente el código interno de la compañía, el cable del doctor Mangels: "Estamos enviando vía capitán Gillis vuelo 399 cinco ampolletas suero bajo número guía 26-12-596787 stop obtenido Jackson Memorial Hospital stop si necesitan más suero habrá que pedirlo urgentemente laboratorios Lederle en Atlanta, Georgia." Carrillo arrancó el cable, corrió al teléfono y marcó el 71.87.50, número de la residencia de Llorente, pero el teléfono estaba ocupado. Era Carmelo Reverón que hablaba con la madre de Llorente. Carrillo colgó. Un minuto después Reverón estaba marcando el número de Carrillo, en un abasto de La Florida. La comunicación fue instantánea.
 —Aló —dijo Carrillo.
  Con la calma que precede a la fatiga nerviosa, Reverón hizo una pregunta que no recuerda textualmente. Carrillo le leyó el cable, palabra por palabra. El avión llegaría a las 4.50 de la madrugada. El tiempo era perfecto. No habría ningún retardo. Hubo un breve silencio. "No tengo palabras con qué agradecerles", murmuró Reverón, al otro extremo, de la línea, Carrillo no encontró qué decir. Cuando colgó el teléfono sintió que sus rodillas no soportaban el peso del cuerpo. Estaba sacudido por una emoción atropellada, como si fuera la vida de su propio hijo la que acababa de salvarse. En cambio, la madre del niño dormía apaciblemente: no sabía nada del drama que su familia había vivido ese día. Todavía no lo sabe.


Habana, noticias del crepusculo

(Fragmento)
Hay dos Cubas: la del turista y la del cubano. Y en ambas, paradójicamente, reina el dólar. Es, para qué negarlo, la moneda oficial y la clandestina. No hay otra salida, necesitan desesperadamente alguna entrada de divisas. El dólar se ha convertido en una ansiedad para el cubano, no es legal poseerlo pero igual se negocia con él en el mercado negro, y por eso un técnico medio en Ingeniería Naval sólo puede sobrevivir vendiendo habanos, ron y las célebres pastillas para el colesterol (las PPG). Es la más grande de las paradojas de la revolución: la guerra en contra del imperialismo, pero se necesita del dólar, justamente del dólar. A tal punto llega el contrasentido que los “textos antimperialistas” de José Martí sólo se pueden comprar con la moneda de los “imperialistas”. Una ironía de crueles resonancias.
§     
No hay mayor duda de que el mayor atractivo turístico de la isla es, actualmente, la revolución. La gente va a ver, con explícita curiosidad, cómo se vie en un país socialista, cómo es la ropa, la comida, la alegría y la tristeza socialistas. Todos preguntan si es cierto que Fidel está en todas partes y en ninguna, si es verdad que juega básquet solitariamente a las cuatro de las madrugada, si alguno ha tenido su barba a tres metros (de idolatría o de odio, según se vea). Quieren comprobar si todos se llaman “compañeros” entre sí, constatar si sus índices de salud, educación y seguridad social son ciertos, descubrir por qué sus músicos y deportistas son los mejores, saber si hay privilegios en qué casa viven “los del partido”, qué come Silvio Rodríguez, cuál es la verdad de Raúl Castro, en fin, eso subyuga más que las playas legendariamente blancas y los pueblos coloniales. Quieren ver con sus propios ojos la libreta de racionamiento, las colas, el sacrificio entero de un pueblo que cada vez parece tener más recóndito el tiempo de la cosecha.
Las vallas publicitarias no postulan las bondades de un carro, un cigarro o un whisky, están encargadas de algo más perentorio, mantener a como dé lugar la moral revolucionaria: “Yo me quedo”; “Esta tierra es 100% cubana”; “Revolución sí”; “Es tiempo de firmeza”; el reactualizado “Patria o Muerte”; y la más retadora de todas que está frente a la embajada americana y reza: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Unas cuantas cuadras más allá, se yergue la imponente embajada soviética, desmantelada por un obvio apenas estrenado, llena de ecos, íngrima como una alergia.
§  
En estos días de finales de mayo, los crepúsculos de mayo, los crepúsculos son abrumadoramente largos, como si el día no tuviera relevo como si hubiera un para siempre en la tarde. A las nueve de la noche el sol por fin se sumerge en el mar. Y uno sucumbe a la tentación de hacer analogía y de pensar que en este momento Cuba es eso: un largo crepúsculo, un final de algo.
(1992)

Leonardo Padrón

Un cuento mal contado

De la pluma de: Lulu Gímenez Saldivia.

Tantos detalles inexplicables rodean la muerte de uno de los hombres más poderosos de la tierra, el emperador Julio Cesar. Lo más desconcertante es lo antojadizo de las circunstancias, como si todo fuera un cuento mal contado.

Uno de los misterios más insondables de la historia universal es el que rodea el asesinato de quien fuera, en los tiempos de la Roma Imperial y “eterna”, el hombre más poderoso de la Tierra, Julio César, quien tenía tantos enemigos como honores y títulos; por lo tanto, los motivos de su asesinato no son del todo claros. […]
Con varios motivos o ninguno en particular, Casio [un senador disgustado con Cesar] y Bruto [hijo de una amante del emperador] encabezaron la última y definitiva conspiración, y, el 15 de marzo del año 44 a.C, convocaron a Julio Cesar a una sesión del Senado, con la expresa intención de darle muerte.  
Una serie de detalles inexplicables rodean al hecho: en primer lugar, un adivino muy famoso en Roma, de nombre Espurina, ya le había dicho que se cuidara de los “idus de marzo”, que correspondían al día 15 de ese mes, pero él hizo caso omiso de esas predicciones, rumores y circunstancias
Al amanecer del día señalado, su mujer, Calpurnia, le advirtió que había soñado su muerte y trató de disuadirlo de que se quedara en casa, mas también la desoyó. No sólo eso, al mejor estilo de Santiago Nasar, en “Crónica de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez, Julio Cesar despidió a sus lictores (ministros de justicia) y se fue caminando solito, como cualquier hijo de vecina, hacia la Curia Pompeyana, donde se reunía el Senado. Más aún: cuando llegó allí, uno de los senadores lo detuvo en la puerta y le entregó un rollo de pergamino, en el cual estaban escritos los nombres de los 32 confabuladores que iban a apuñalarlo, pero Cesar desoyó los ruegos de que lo leyera antes de entrar, alegando que no tenia tiempo. Más fácil no pudo salir todo, como si se tratará de una representación teatral; cada quien jugó el papel que le correspondía y entre varios lograron asestarle 23 puñaladas. El poderosísimo sólo tuvo un instante para recriminarle a Bruto (“¿Tú también hijo mío?”) y para taparse el rostro con la toga, a fin de que sus asesinos no vieran su rostro mientras moría. Por allí cerquita andaba el celebre Marco Antonio, lugarteniente de César, pero estaba entretenido contando anécdotas y “no se dio cuenta” de lo que ocurría, por lo que se sospecha que fue parte de la movida, aunque nadie lo señalo y no hay pruebas definitivas para acusarlo; él termino siendo, además, el vengador final de Cesar. Aunque la muchedumbre enardecida quemó el cadáver del emperador, años después se erigió, en ese mismo lugar, el templo de Divius Julius, en honor y memoria de Julio Cesar, quién fue proclamado dios. 
Tantas veleidades* juntas confunden y amedrentan, y hasta nos imponen a pensar en el sinsentido de la historia, como si se tratara de un cuento mal contado.
Por cierto, que los “idus” para los romanos, eran aquellos días muy favorables de los diferentes meses; en marzo y mayo, correspondía al día 15, mientras que el resto de los meses era el día 13, sin importar si éste caía viernes o martes.
*voluntad antojadisima

Cuestionario no tradicional, Mario Beneddetti

En mi larga vida de literario, de escritor y de periodista muchas veces he hecho entrevistas y me han hecho y a veces se usa un cuestionario muy tradicional con las preguntas de siempre, por ejemplo: qué opina de Borges, qué opina del compromiso con la literatura, cosas así; pero otras veces los periodistas hacen, hacen preguntas para dejarlo tartamudeando a uno, no, entonces esto es mi contribución a esos cuestionarios no tradicionales, a un escritor, claro:
¿Qué piensa del frío?
¿Qué ha influido más en su obra literaria la lucha de clases, García Márquez, el colesterol, el grupo de Chicago, lo real maravilloso, los pezones morenos, el estructuralismo, el churrasco, Dios o el Kh3?
¿Cuál es su odio más amado?
¿Padece de insomnio en la siesta?
¿Qué opina del páncreas?
¿Es usted soltero, casado, divorciado, viudo homosexual, impotente? (favor de subrayar a o las palabras que correspondan a su la o las palabras que correspondan a su estado actual)
¿Cuál es su dolor preferido?
¿De cuál de las galaxias se siente más distante?
¿Por qué razón o razones no se ha suicidado?
¿Qué opina del diptongo en general o de algún diptongo en particular?
¿Podría nombrar dentro de su última obra algún caso de analexis interna etéreo- diegética? ¿Curable o incurable?
¿Considera que la demencia puede ser un factor de alineación?
Y ¿Partidario o enemigo de la diéresis? ¿Ha codiciado alguna vez a la mujer de su prójimo? ¿y qué tal? Y por último… ¿Quién cree que no es, de dónde no viene, a dónde no va?

Las antenas desgraciadas*


Maldita sea, quién me hubiera dicho que me daría cáncer por vivir en este barrio. Éste fue siempre un barrio noble, tranquilo, con parques y heladeros, con vigilantes particulares, con gente que se conoce toda la vida. Quién me hubiera dicho que las antenas que pusieron en ciertas casas vecinas traerían la desgracia al barrio