Kelly sale de la penumbra (Parte 2 de 2)
Para la fuga perfecta, una
mujer debe llegar a las 7.30
Esa incorporación a la vida corriente no es
inconsciencia, ni intrepidez, ni vanidad.
Es la técnica de Patricio Kelly. Él ha puesto en
práctica, hasta un grado increíble, sus profundos conocimientos de la
psicología de la vida corriente. En Santiago de Chile, mientras la policía
practica 3.000 allanamientos en su busca, él cenó tres noches consecutivas en
el Club Unión, y una vez a pocos metros del Comisario de Policía.
Nunca estuvo escondido. Los siete disfraces que ha
utilizado desde cuando se fugó de la prisión de Río Gallegos, en el helado y
desierto paralelo 42, hasta llegar a Caracas, no fueron escogidos
arbitrariamente. Fueron el resultado de un estudio lúcido, concienzudo,
científico, de las circunstancias.
Sus espectaculares evasiones no han tenido nada de
espectacular. Kelly no rompió jamás un candado ni sometió un guardián por la
violencia. En septiembre, cuando se supo que se había evadido de la
penitenciaría de Chile disfrazado de mujer, pudo pensarse que el organizador de
tormentosas manifestaciones políticas había puesto en práctica sus experiencias
en la acción intrépida. La realidad era otra. Su fuga fue la culminación de
muchos días de observaciones, de un análisis frío, inteligente y sereno de las
costumbres de sus guardianes.
Durante un mes, una mujer fue a visitarlo a la
cárcel. Los celosos guardianes de la penitenciaría se hicieron rápidamente a la
rutina de aquella mujer puntual, que entraba a las 7.30 como un reloj y salía a
las 8.25. Mientras tanto, Patricio Kelly inició el largo y difícil aprendizaje
da hacerse pasar por una mujer. Aprendió a caminar con tacones altos, a
reproducir con naturalidad los más secretos ademanes de la coquetería femenina,
a imprimir a su voz un registro exquisito. El 20 de septiembre, una semana
antes de la evasión, el embajador de Argentina en Santiago previno al gobierno
de Chile de que Patricio Kelly —cuya extradición estaba siendo tramitada—
preparaba la fuga. La dirección de la cárcel tomó nota de la advertencia y se
iniciaron los preparativos para trasladar al detenido a la sección más
siniestra de la penitenciaría: el Patio Siberia, frente al paredón de los
fusilados.
Esa misma noche, la mujer de las 7.30 —que nunca se
hizo pasar como visitante de Kelly— fue acompañada por otra mujer cuya única
misión era coquetear con los guardianes. Dos hombres a quienes se ha
encomendado la vigilancia de un prisionero pacífico y simpático, que dedica la
mayor parte del tiempo a la lectura y no da ninguna muestra de impaciencia,
podrían abandonar su puesto durante media hora para cumplir una cita con una
mujer. Patricio Kelly no se equivocó en ese análisis.
El 28 de septiembre, a las 7.30 las dos mujeres
entraron a la cárcel. A partir de ese momento, todos los minutos estaban
calculados. La más antigua de ellas —que se había hecho familiar después de 30
visitas, a quien el personal de vigilancia conocía por sus ropas conocidas, el
cabello conocido, por la puntualidad y hasta por la manera de andar— se quitó
rápidamente las ropas conocidas, el cabello conocido, la otra concertaba una
cena con los guardianes. En el proyecto de evasión se había calculado que sólo
disponía de ocho minutos para maquillar a Kelly. Una mujer puede maquillarse en
menos tiempo, pero Kelly es un hombre de barba cerrada y dura, que debía
disimularse con una crema fabricada expresamente para que parezcan menos viejos
los actores de teatro. El solo maquillaje duró siete minutos. El proceso total:
18 minutos.
Dos mujeres salieron de la cárcel a la hora de
costumbre: las 8.35. Después de cinco días de reticencias, de promesas
aplazadas, la visitante más reciente aceptó la invitación de los guardianes. La
otra se despidió del grupo en la esquina, anduvo treinta y cuatro metros y
subió a un automóvil. Ese era Patricio Kelly. La propietaria de las ropas salió
dos minutos después de él por una puerta sin guardias. Media hora más tarde el
director de la penitenciaría fue a buscar a Kelly para trasladarlo a la celda
de los condenados a muerte.
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automóviles hacia el refugio más seguro: la vida corriente
En la primera ofensiva de esa misma noche, se
previno a todos los puestos fronterizos de Chile, se allanaron 300 residencias,
se describió a Kelly minuciosamente por todas las emisoras del país y se
detuvieron 18 personas que se suponían comprometidas en la evasión. En la casa
de la poetisa uruguaya Blanca Luz se encontró la peluca de Kelly y los
elementos del maquillaje. La poetisa fue detenida. El el momento en que la
conducían al correccional de mujeres el hombre buscado en todo Santiago estaba
comiéndose un bisteck a caballo en un restaurante céntrico de la ciudad, sin
ningún disfraz y a la vista de todo el mundo.
En realidad, Kelly no estuvo nunca en la casa de la
poetisa Blanca Luz. El automóvil que abordó a 50 metros de la cárcel era uno de
los cuatro que se utilizaron en la evasión. Cada uno de los conductores sabía
con precisión el camino que debía recorrer, pero ignoraba la ruta del
siguiente. En el primero, Kelly se deshizo de la peluca. En el segundo,
encontró elementos para quitarse el maquillaje. En el último, encontró ropas de
hombre, documentos falsos y dinero. Ese automóvil lo condujo directamente a un
bar multitudinario, donde escuchó el primer boletín radial con el anuncio de su
evasión.
Incorporado a la vida ordinaria de Santiago, el
riesgo mayor estaba en el lugar que eligiera para dormir. Kelly disponía de
tres apartamentos con puerta posterior. Una noche la policía derribó la puerta
del cuarto donde él dormía e irrumpió en la habitación un minuto después de que
Kelly la había abandonado. En previsión de que eso ocurriera alguna vez el
fugitivo no estaba durmiendo en la cama. La policía encontró un lecho
perfectamente ordenado y frío.
Seis días después de la evasión las autoridades de
Santiago recibieron una información concreta: a bordo del "Reina del
Mar", que había zarpado esa tarde, tres mujeres viajaban en el camarote
25, primera clase. Se informó que una de ellas era Kelly. Una flotilla de
helicópteros alcanzó la nave en alta mar y la hizo regresar a Santiago. El
"Reina del Mar", escoltado por helicópteros, entró al puerto esa
misma noche, en el instante en que Kelly salía del cine defraudado por la
película, "La batalla del Río de la Plata". De allí fue directamente
a su nuevo dormitorio, un lugar silencioso y plácido, con enormes sauces
tristes bajo la Luna: el cementerio.
"Si
yo me encontrara con ese pobre señor Kelly"
En sus preparativos de viaje, Kelly decidió recoger
algunos efectos personales que estaban en poder del juez Ortiz Sandoval, el
funcionario que había decidido su extradición. "No era un golpe
espectacular —dice Kelly—. "Uno valora los riesgos de acuerdo con la
importancia de los actos". Y aquella visita a la residencia particular del
funcionario encargado de devolverlo al gobierno argentino merecía cualquier
riesgo. Se trataba de rescatar los retratos de sus dos hijos —un varón y una hembra—
tomados en Buenos Aires en la primera fiesta de disfraces a que asistieron, él
disfrazado de cow-boy, ella disfrazada de hada madrina. Kelly entró en la
residencia del juez Ortiz Sandoval, vestido de deshollinador, un jueves a las
3.30 de la tarde, con la venia de los criados. Ellos —procesados más
tarde—encontraron perfectamente natural que la chimenea fuera deshollinada en
octubre, puesto que había estado en servicio durante todo el invierno. Kelly se
llevó los retratos de sus niños —dos estampas en colores con marcos de cobre—,
pero las conveniencias lo obligaron a prestarle un servicio a su perseguidor.
Limpió verdaderamente la chimenea.
Antes de abandonar Santiago —en el baúl de un
Chevrolet sin frenos— Kelly cumplió su deber de caballero. Fue a darle las
gracias a la poetisa Blanca Luz, en el correccional de mujeres, disfrazado de
sacerdote. Fue una visita de 56 minutos en presencia de dos guardias. Esa misma
noche, a los primeros soplos de la helada primaveral austral, abandonó
Santiago.
Después de conversar varias horas con Patricio
Kelly, de haber escuchado el apasionante relato de su aventura, se piensa que
la clave de su personalidad es la virtud de no; apresurarse. Su odisea por el
norte de Chile, en viaje hacia la libertad intrépida y azarosa, es una larga
enumeración de detalles sometidos a un cálculo milimétrico. Su elocuencia, su
cordialidad un poco desconcertante, sus ademanes desenvueltos, no alcanzan a
disimular por completo una personalidad sometida a una autovigilancia
implacable. Esa debió ser la fuerza que derrotó a sus perseguidores, durante
los 59 días que duró su odisea por el norte de Chile, hacia una libertad
incierta y remota.
Tuvo golpes de suerte. La expedición que salió a
cerrarle el paso desde la frontera de Bolivia, se extravió en la ruta, mientras
él no erró una sola vez su itinerario. En una casa campesina donde solicitó un
refugio momentáneo, la dueña de la casa, impresionada por los boletines
radiales, manifestó en su presencia: "Si yo me encontrara con ese señor
Kelly, a quien todo el mundo persigue, lo escondería en mi casa". Él se identificó.
Aquel golpe de suerte le hizo más transitable el camino hacia la libertad.
Antes de llegar a Caracas, Kelly, pasó un tiempo en
Panamá. Incluso entonces se vio precisado a recurrir a su extraordinario
sentido del cálculo para no volver a la cárcel.
Bajo el nombre de Mario Vásquez, capitán de navío
de la Armada Argentina, se colocó a muchos metros sobre el nivel de cualquier
sospecha. Allí tomó un avión comercial que lo condujo a Caracas. Ahora su
situación está perfectamente legalizada, pero el ciudadano Kelly, aficionado a
los largos aperitivos y a la música popular de su país, continúa sometiendo
cada acto, cada palabra, a un control riguroso. Es un hombre que sabe decir
“no” sin decirlo, con un amplio ademán que bien merecía un discreto olor de lavanda.
Parece inteligente, astuto, tenaz y capaz de aplicar sus defectos y todas sus
virtudes en un solo instante y en las circunstancias más disímiles: en una
maniobra política, en una cita de amor, en una partida de poker o en una
entrevista de prensa.
Los duros meses en prisión, una vida política
intensa y precoz, no han dejado huellas visibles en su rostro. Tiene la edad
que representa: 38 años. Se comprende que las mujeres lo admiren por las mismas
razones porque admiraron a Humphrey Bogart.









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